EL NEGOCIO Y LA NACIÓN ¿LA SUERTE? ¿TODOS NACEMOS IGUALES?

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La igualdad es una gran mentira. Se cae por sí sola.

Conozco a un hombre que casi siempre gana a las cartas. Y conozco a un hombre que casi siempre pierde. Dicen que es la suerte. De acuerdo. Digamos que es mala suerte. Conozco a un hombre que trabaja duro y cada vez es más rico, y conozco a otro que trabaja duro y cada vez es más pobre. Dicen que es mala suerte. De acuerdo. Digamos que es mala suerte. Miro a mi alrededor y veo a gente subiendo y bajando, ganadores y perdedores por todas partes. Y siempre es la suerte, por supuesto. Pero si la gente puede nacer con suertes tan distintas, ¿dónde está su igualdad? ¡No señor! Uno puede achacar su fracaso a la suerte, o a la pereza, da igual cómo llamarlo o desde que punto de vista examinarlo, siempre se llega al mismo viejo sendero de la desigualdad. A algunos les reparten cuatro ases, y a otros no les reparten nada, y a algunos hombres pobres les reparten ases pero no les muestran como jugar con ellos; pero un hombre debe probar que es mi igual antes de poder creer el él.

Todo país está dividido en dos clases: la equidad y la igualdad. Esta última siempre reconoce a la primera cuando se la confunde con ella. Ambas seguirán con nosotros hasta que nuestras mujeres tan solo den a luz a reyes.

Fue a través de la democracia que se reconoció la eterna desigualdad del hombre. Gracias a ella se abolió una aristocracia asentada. Hemos visto a pequeños hombres nombrados para altos puestos de forma arbitraria, y a grandes hombres en bajos puestos condenados  también de forma arbitraria, y nuestros corazones amantes de la justicia detestan esta violación contra la naturaleza humana. Por lo tanto se decretó que todos los hombres deberían a partir de ese momento poseer la misma libertad para encontrar su propio nivel. Con ese mismo decreto se reconoció y se dio libertad a la verdadera aristocracia, diciendo: “¡Que gane el mejor, sea quien sea!”. ¡Que gane el mejor! Ese es el lema de hoy. Esa es la verdadera democracia. Y la verdadera democracia y la verdadera aristocracia son una y la misma cosa.

El objetivo enemigo es más sutil y su estrategia apunta a controlar el Espíritu (¿a nivel cuántico?) del Hombre, en el hombre, vale decir, se propone controlar su Yo.

Cuando se realiza la crítica de la moderna cultura urbana del “Occidente cristiano” suelen detallarse los “males” que ésta provoca en algunos individuos: la alienación; la deshumanización; la esclavitud al consumo; la neurosis depresiva y su reacción: la dependencia a diversos vicios, desde la narcosis hasta la perversión del sexo; la competencia despiadada, motivada por oscuros sentimientos de codicia y ambición de poder; etc. La lista es interminable, pero todos los cargos omiten, deliberadamente, lo esencial, haciendo hincapié, en males “externos” al Alma del hombre, originados en “imperfecciones de la sociedad”. Como complemento de esta falacia se argumenta que la solución, el remedio para todos los males, es “el perfeccionamiento de la sociedad”, su “evolución” hacia formas de organización más justas, más humanas, etc. La omisión radica en que el mal, el único mal, no es externo al hombre, no proviene del mundo sino que radica en su interior, en la estructura de una mente condicionada por la preeminencia de las premisas culturales que sustentan el raciocinio y que le deforman su visión de la realidad. La sociedad actual, por otra parte, ha logrado judaizar de tal modo al hombre corriente que le ha transformado –milagro que no puede ni soñar la biología-genética– a su vez en un miserable judío, ávido de lucro, contento de aplicar el interés compuesto y feliz de habitar un Mundo que glorifica la usura.

El hombre, el animal-hombre, creado por El Uno, es un ser compuesto de cuerpo físico y Alma. Como producto de una Traición Original, el espíritu ha quedado encadenado a la Materia y extraviado sobre su verdadero Origen. El encadenamiento espiritual al animal hombre causa la aparición histórica del Yo. El Yo, expresión del Espíritu, surge hundido en la entraña del Alma sin disponer de ninguna posibilidad de orientarse hacia el Origen, puesto que él ignora que se encuentra en tal situación, que hay un regreso posible hacia la Patria del Espíritu: el Yo está normalmente extraviado sin saber que lo está; y busca el Origen sin saber qué busca, inmerso en el “modelo cultural”, el principal responsable de la visión deformada que el hombre tiene de sí mismo y del mundo.

Se distinguen dos tipos de Yo: el Yo despierto, propio del Iniciado Hiperbóreo u Hombre de Piedra; y el Yo dormido, característico del hombre dormido u hombre “normal”, común y corriente, de nuestros días.

Fuentes:

-El Virginiano, un caballero en las llanuras, de Owen Wister.

-El misterio de Belicena Villca, de Luís Felipe Moyano.

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