1522 Sevilla

Memoria del fuego I
Los nacimientos
Eduardo Galeano

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El más largo viaje jamás realizado
Nadie los creía vivos, pero llegaron anoche. Arrojaron el ancla y dispararon
toda su artillería. No desembarcaron en seguida ni se dejaron ver. Al amanecer
aparecieron sobre las piedras del muelle. Temblando y en andrajos, entraron en
Sevilla con hachones encendidos en las manos. La multitud abrió paso, atónita, a
esta procesión de esperpentos encabezada por Juan Sebastián de Elcano.
Avanzaban tambaleándose, apoyándose los unos en los otros, de iglesia en iglesia,
pagando promesas, siempre perseguidos por el gentío. Iban cantando.
Habían partido hace tres años, río abajo, en cinco naves airosas que tomaron
rumbo al oeste. Eran un montón de hombres a la ventura, venidos de todas partes,
que se habían dado cita para buscar, juntos, el paso entre los océanos y la fortuna
y la gloria. Eran todos fugitivos; se hicieron a la mar huyendo de la pobreza, del
amor, de la cárcel o de la horca.
Los sobrevivientes hablan, ahora, de tempestades, crímenes y maravillas. Han
visto mares y tierras que no tenían mapa ni nombre; han atravesado seis veces la
zona donde el mundo hierve, sin quemarse nunca. Al sur han encontrado nieve azul
y en el cielo, cuatro estrellas en cruz. Han visto al sol y a la luna andar al revés y a
los peces volar. Han escuchado hablar de mujeres que preña el viento y han
conocido unos pájaros negros, parecidos a los cuervos, que se precipitan en las
fauces abiertas de las ballenas y les devoran el corazón. En una isla muy remota,
cuentan, habitan personitas de medio metro de alto, que tienen orejas que les
llegan a los pies. Tan largas son las orejas que cuando se acuestan, una les sirve de
colchón y la otra de manta. Y cuentan que cuando los indios de las Molucas vieron
llegar a la playa las chalupas desprendidas de las naves, creyeron que las chalupas
eran hijitas de las naves, que las naves las parían y les daban de mamar.
Los sobrevivientes cuentan que en el sur del sur, donde se abren las tierras y
se abrazan los océanos, los indios encienden altas hogueras, día y noche, para no
morirse de frío. Esos son indios tan gigantes que nuestras cabezas, cuentan,
apenas si les llegaban a la cintura. Magallanes, el jefe de la expedición, atrapó a
dos poniéndoles unos grilletes de hierro como adorno de los tobillos y las muñecas;
pero después uno murió de escorbuto y el otro de calor.
Cuentan que no han tenido más remedio que beber agua podrida, tapándose
las narices, y que han comido aserrín, cueros y carne de las ratas que venían a
disputarles las últimas galletas agusanadas. A los que se morían de hambre los
arrojaban por la borda, y como no había piedras para atarles, quedaban los
cadáveres flotando sobre las aguas: los europeos, cara al cielo, y los indios boca
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abajo. Cuando llegaron a las Molucas, un marinero cambió a los indios seis aves por
un naipe, el rey de oros, pero no pudo probar bocado de tan hinchadas que tenía
las encías.
Ellos han visto llorar a Magallanes. Han visto lágrimas en los ojos del duro
navegante portugués Fernando de Magallanes, cuando las naves entraron en el
océano jamás atravesado por ningún europeo. Y han sabido de las furias terribles
de Magallanes, cuando hizo decapitar y descuartizar a dos capitanes sublevados y
abandonó en el desierto a otros alzados. Magallanes es ahora un trofeo de carroña
en manos de los indígenas de las Filipinas que le clavaron en la pierna una flecha
envenenada.
De los doscientos treinta y siete marineros y soldados que salieron de Sevilla
hace tres años, han regresado dieciocho. Llegaron en una sola nave quejumbrosa,
que tiene la quilla carcomida y hace agua por los cuatro costados.
Los sobrevivientes. Estos muertos de hambre que acaban de dar la vuelta al
mundo por primera vez.

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