La conciencia

Memoria del fuego I
Los nacimientos
Eduardo Galeano

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Cuando bajaban las aguas del Orinoco, las piraguas traían a los caribes con
sus hachas de guerra.
Nadie podía con los hijos del jaguar. Arrasaban las aldeas y hacían flautas con
los huesos de sus víctimas.
A nadie temían. Solamente les daba pánico un fantasma que había brotado de
sus propios corazones.
Él los esperaba, escondido tras los troncos. Él les rompía los puentes y les
colocaba al paso las lianas enredadas que los hacían tropezar. Viajaba de noche;
para despistarlos, pisaba al revés. Estaba en el cerro que desprendía la roca, en el
fango que se hundía bajo los pies, en la hoja de la planta venenosa y en el roce de
la araña. Él los derribaba soplando, les metía la fiebre por la oreja y les robaba la
sombra.
No era el dolor, pero dolía. No era la muerte, pero mataba. Se llamaba
Kanaima y había nacido entre los vencedores para vengar a los vencidos.

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