La yuca

Memoria del fuego I
Los nacimientos
Eduardo Galeano

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Ningún hombre la había tocado, pero un niño creció en el vientre de la hija del
jefe.
Lo llamaron Mani. Pocos días después de nacer, ya corría y conversaba. Desde
los más remotos rincones de la selva, venían a conocer al prodigioso Mani.
No sufrió ninguna enfermedad, pero al cumplir un año dijo: «Me voy a morir»;
y murió.
Pasó un tiempito y una planta jamás vista brotó en la sepultura de Mani, que
la madre regaba cada mañana. La planta creció, floreció, dio frutos. Los pájaros
que la picoteaban andaban luego a los tumbos por el aire, aleteando en espirales
locas y cantando como nunca.
Un día la tierra se abrió donde Mani yacía.
El jefe hundió la mano y arrancó una raíz grande y carnosa. La ralló con una
piedra, hizo una pasta, la exprimió y al amor del fuego coció pan para todos.
Nombraron mani oca a esa raíz, «casa de Mani», y mandioca es el nombre
que tiene la yuca en la cuenca amazónica y otros lugares.

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