La tortuga

Memoria del fuego I
Los nacimientos
Eduardo Galeano

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Cuando bajaron las aguas del Diluvio, era un lodazal el valle de Oaxaca.
Un puñado de barro cobró vida y caminó. Muy despacito caminó la tortuga.
Iba con el cuello estirado y los ojos muy abiertos, descubriendo el mundo que el sol
hacía renacer.
En un lugar que apestaba, la tortuga vio al zopilote devorando cadáveres.
—Llévame al cielo —le rogó—. Quiero conocer a Dios.
Mucho se hizo pedir el zopilote. Estaban sabrosos los muertos. La cabeza de
la tortuga asomaba para suplicar y volvía a meterse bajo el caparazón, porque no
soportaba el hedor.
—Tú, que tienes alas, llévame —mendigaba.
Harto de la pedigüeña, el zopilote abrió sus enormes alas negras y emprendió
vuelo con la tortuga a la espalda.
Iban atravesando nubes y la tortuga, escondida la cabeza, se quejaba:
—¡Qué feo hueles!
El zopilote se hacía el sordo.
—¡Qué olor a podrido! —repetía la tortuga.
Y así hasta que el pajarraco perdió su última paciencia, se inclinó
bruscamente y la arrojó a tierra.
Dios bajó del cielo y juntó sus pedacitos.
En el caparazón se le ven los remiendos.

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