La nieve

Memoria del fuego I
Los nacimientos
Eduardo Galeano

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—¡Quiero que vueles! —dijo el amo de la casa, y la casa se echó a volar.
Anduvo a oscuras por los aires, silbando a su paso, hasta que el amo ordenó:
—¡Quiero que te detengas aquí!
Y la casa se paró, suspendida en medio de la noche y la nieve que caía.
No había esperma de ballena para encender las lámparas, de modo que el
amo de la casa recogió un puñado de nieve fresca y la nieve le dio luz.
La casa aterrizó en una aldea iglulik. Alguien vino a saludar, y al ver las
lámparas encendidas con nieve, exclamó:
—¡La nieve arde!, y las lámparas se apagaron.

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