Las mareas

Memoria del fuego I
Los nacimientos
Eduardo Galeano

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Antes, los vientos soplaban sin cesar sobre la isla de Vancouver. No existía el
buen tiempo ni había marea baja.
Los hombres decidieron matar a los vientos.
Enviaron espías. El mirlo de invierno fracasó; y también la sardina. A pesar de
su mala vista y sus brazos rotos, fue la gaviota quien pudo eludir a los huracanes
que montaban guardia ante la casa de los vientos.
Los hombres mandaron entonces un ejército de peces, que la gaviota
condujo. Los peces se echaron junto a la puerta. Al salir, los vientos los pisaron,
resbalaron y cayeron, uno tras otro, sobre la raya, que los ensartó con la cola y los
devoró.
El viento del oeste fue atrapado con vida. Prisionero de los hombres, prometió
que no soplaría continuamente, que habría aire suave y brisas ligeras y que las
aguas dejarían la orilla un par de veces por día, para que se pudiese pescar
moluscos en la bajamar. Le perdonaron la vida.
El viento del oeste ha cumplido su palabra.

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